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Empezando Retiro de Peregrinación
Carol Stanton, PhD
Traducido al Español por Vilma G. Esténger

Lo que llamamos el comienzo, con frecuencia es el fin.
Y lograr un fin es comenzar.  El fin es desde donde comenzamos.
T. S. Elliot, Little Gidding, de los Four Quartets (Cuatro Cuartetos)
Escrito en 1942.  Little Gidding es una villa en Cambridgeshire, Inglaterra,
visitada por Eliot en 1936, el hogar de una comunidad religiosa establecida en 1626.
Peregrinos aún van a Little Gidding.

Grupo de familias refugiados en Haiti

Esta mañana, vamos a considerar juntos la acción de “empezar” esta pequeña peregrinación que, como todos las peregrinaciones, tiene una realidad exterior y una interior / un movimeiento externo y un movimiento interno / uno reflejando e informando al otro.  Una realidad exterior e interior que constituyen un microcosmo de la jornada espiritual general de nuestra vida individual / una realidad exterior e interior que aún ahora están formando a quien nos estamos convirtiendo como ministros eclasiales laicos – mujeres y hombres que sirven y se relacionan con otras personas de una manera pastoral, dentro de comunidades locales de fe – las cuales, como describió un teólogo, son “Comunidades que crean un espacio tanto individual como comunal para interrupciones anticipadas de lo sagrado”. (Christinen Helmer, Harvard Divinity Bulletin (Boletín de la Divinidad de Harvard), Primavera / Verano 2007, p. 6)

Lo que llamamos el comienzo, con frecuencia es el fin.
Y lograr un fin es comenzar.  El fin es desde donde comenzamos.

La Alta Comisión para Refugiados de las Naciones Unidas (United Nations High Commission for Refugees) tiene una categoría llamada “Total population of concern” (La población total que nos preocupa) ..... ésta incluye refugiados, personas en busca de asilo, refugiados que han sido devueltos, personas desplazadas interiormente, personas desplazadas interiormente que han sido devueltas, personas sin patria y otras personas que nos preocupan.

Los números más recientes de las Naciones Unidas colocan 35 millones de hombres, mujeres y niños en esta categoría .... 35 millones de personas en
todo el mundo están en movimiento como refugiados (ya sea abandonando el hogar o regresando a él) desplazadas o sin patria (sin una nación a la que llamar hogar) por una u otra razón.

Cuando añadimos a este número las personas que están emigrando de su patria no por la fuerza, sino para buscar una vida mejor para sí mismas, el número salta a los 190 millones – que no son turistas, ni viajantes de negocios, ni personas que están visitando familiares – sino 190 millones de seres humanos en una jornada de vida o muerte para encontrar un nuevo hogar, o al menos un lugar seguro para sí mismas y su familia.

¿A qué “fin” están llegando estos 190 millones para comenzar?

Están dándole “fin” a lo que les es familiar – dejando atrás una patria, amigos, y con frecuencia familiares cercanos.
Están dándole “fin” a su dependencia de la mayoría de sus posesiones, ya que no pueden cargar con ellas en el camino.
Están dándole “fin” a su rutina – ahora tienen que estar alertas para saber cuándo irse y cómo empezar a moverse en el camino.
Están dándole “fin” a su familiaridad con el “camino”.  No conocen este camino desplazado, o qué peligros de vida o muerte encierra.
Están dándole “fin” a su antigua manera de pensar sobre cosas: tienen que empezar una nueva manera alerta de pensar para sobrevivir.
Empiezan la jornada en el camino por muchas razones distintas: en algún momento, le dan fin a esas razones y las reemplazan con esperanza.  Es la esperanza lo que los mantiene moviéndose para encontrar algo mejor, más seguro, más sostenible para ellos y para sus hijos.

No estoy sugiriendo que nosotros, en nuestro mundo, podemos siquiera empezar a comprender la situación o los sentimientos de las personas desplazadas de nuestro globo, o comparar nuestras pequeñas jornadas con las suyas de vida o muerte.  (¡Aunque algunos de ustedes pueden haber experimentado este desplazamiento en algún momento en su familia original!  Puede que estén separados de esta experiencia por una generación

solamente o quizás experimentaron el desplazamiento de niños).  Pero estas personas desplazadas tienen algo que enseñarnos.

Durante el próximo día y medio, déjenlos acompañarlos en esta pequeña peregrinación.  Pregúntense, ¿Aqué le he puesto “fin” en mi vida para “empezar”?   ¿Cuán fácilmente me desprendo de lo que me es familiar?  ¿Es mi teléfono celular una seguridad para mí y para otros?  ¿A qué le he puesto “fin” para dedicarme a esta preparación para el ministerio laico?  ¿Qué me trajo a este camino y cuál es la esperanza que me mantiene en él?

Tradicionalmente, los peregrinos medievales usaban un sombrero de peregrino y sostenían un báculo para caminar.  Sólo había unas cuantas cosas en su bolsa de peregrino – una de ellas, un librito de oraciones.  Por lo demás, en el camino dependían de la generosidad de otras personas para lo que necesitarían para sostenerse.  Verdaderas órdenes de mendicantes de hombres y mujeres, y los monjes budistas, también viven de esta manera.

No pude traer todas mis posesiones conmigo esta semana, pero sé que están seguras en mi casa y que volveré a verlas el Domingo por la noche.  Mas, ¿qué decidí traer?  ¿Más de lo que habré de usar?  ¿Traté de cubrir cualquier eventualidad de mi necesidad de ropa, artículos de tocador, alimentos o artículos de lujo?  ¿Pensé empacar de más para las necesidades de otras personas?  O empaqué menos que de costumbre, pensando que parte de mi retiro envolvería tener menos cosas a mi rededor este fin de semana.

¿Puedo abandonar mi manera de pensar rutinaria y de ordenar el tiempo para estar alerta a las distintas clases de demandas que el camino de esta peregrinación pueda hacerme?  Hasta ahora, ¿cómo ha sido mi jornada una jornada de “vida o muerte”?  ¿Estoy dejando lugar en mí mismo para anticipadas interrupciones de lo sagrado?  ¿Estoy abierto a la posibilidad que mi relación con Dios, como la he conocido, pueda cambiar de una manera significativa durante estas próximas horas?  ¿Estoy en paz conmigo mismo como “en marcha”, desarrollando, no desarrollado; llegando nunca habiendo llegado completamente hasta el día en que Dios y yo nos encontremos cara a cara?

Lo que llamamos el comienzo, con frecuencia es el fin.
Y lograr un fin es comenzar.  El fin es desde donde comenzamos.

Vamos a considerar el “camino” en el cual estamos terminando y empezando simultáneamente.  Como nos enseñó el Concilio Vaticano II, teológicamente, la Iglesia (que es todos nosotros) – la Iglesia siempre
antigua y siempre nueva – tiene que estar leyendo los signos de nuestros tiempos, llevando la buena nueva del Evangelio para que influya en las situaciones y en las cuestiones nuevas de nuestro tiempo.  Esto implica un proceso simultáneo de retorno a las fuentes, a nuestras raíces, y aún mantener las ventanas abiertas para que se mueva el aire fresco del Espíritu Santo (ressourcemente and aggiornamento).

No creo que los Padres del Concilio Vaticano II se refirieron a los signos del “camino” cuando se refirieron a leer los signos de los tiempos.  Sin embargo, puede que recientemente en las noticias hayan oído hablar de un documento del Vaticano que daba los Diez Mandamientos para Conducir – o manejar (“Ten Commandments for Driving”).  Lo que no escucharon es que el documento es, en realidad, uno mucho más amplio titulado Pautas para el Cuidado Pastoral del Camino (“Guidelines for the Pastoral Care of the Road”).

Lo que oímos en los medios de publicidad fueron los consejos para conducir o manejar, un mensaje oportuno en nuestros días de furia de carretera, mas sólo parte del mensaje.  Además de los mandamientos para el camino y para los que usan la vía férrea, también trata el Ministerio Pastoral para la Liberación de las Mujeres de la Calle (Pastoral Ministry for the Liberation of Street Women), El Cuidado Pastoral de Niños de la Calle (The Pastoral Care of Street Children), y el Cuidado Pastoral de Quienes Carecen de Hogar (The Pastoral Care of the Homeless) – a quienes el documento se refiere como Vagabundos – una desafortunada traducción, en mi opinión.

El tema principal del documento es LA MOBILIDAD HUMANA (HUMAN MOBILITY), cuyo nuevo alcance el documento ve como lleno de cosas buenas para el desarrollo de la humanidad y como lleno de nuevas clases de peligros para todos nosotros.

El documento sugiere que este nuevo nivel de Mobilidad Humana presenta un enorme reto pastoral para la Iglesia.  El Cuidado Pastoral del Camino

(Pastoral Care of the Road) también sugiere una expresión correspondiente de espiritualidad, enraizada en la Palabra de Dios.  El “camino” puede convertirse en un camino a la santidad.

Vale la pena leer el documento por todas las referencias bíblicas a la migración, a caminar sin rumbo fijo, a la mobilidad de nuestros Padres y madres enla fe, a las jornadas riegosas del Pueblo de Dios, a las imágenes del salmista del camino del Señor, a la súplica de Isaías para que se prepare un camino para el Señor, a los viajes de María y José, a los Reyes Magos—

***Quiero hacer una pausa aquí para una consideración inoportuna de la jornada de los Reyes Magos, por su valor para nuestro peregrinaje este fin de semana.  Al principio, los Reyes Magos dependieron de signos exteriores para que los guiaran – las estrellas, los augurios.  En el camino encontraron un compañero – sería fácil ser seducido por un compañero real, respirar y decir, “O, sí; nosotros los reyes debemos unirnos”.  Encontraron al niño que era Dios, que era su destino.  Pero su radar espiritual interno entró en acción, prestaron atención, fueron advertidos por Herodes de que no hicieran reconocimiento, y fueron para su casa por otro camino.  Su jornada exterior reflejó una interior; crecieron en su fuerza espiritual y maduraron en la fe.

En la Escritura también hay “parábolas de jornadas” – la Buena Samaritana, el Hijo Pródigo—las jornadas de los apóstoles, los pasos de Pablo, la misión de los 72 discípulos de ir por todo el mundo predicando la buena nueva a toda la Creación.  Sobre todo, Cristo es visto como el Camino.  Cristo ilumina el camino; Cristo es el camino.

Lo que sucede en el “camino a Emaús” – los dos viajeros encuentran a un extraño, viuajan juntos, ellos escuchan, reconocen a Cristo al partir y compartir el pan.  Esto puede suceder en el camino; esto puede suceder en nuestra vida cuando nos ponemos la Mente de Cristo.

Pero no sucederá si el temor nos impide “empezar”, dando el primer paso en el camino, caminándolo, no como un turista, sino como un peregrino.

Para los peregrinos de la Edad Media, los caminos, no menos que nuestros caminos se están volviendo hoy día, eran muy peligrosos.  Los peregrinos tenían que estar alertas a todo lo que los rodeaba.  Nosotros necesitamos estar igualmente alertas en nuestra jornada espiritual.

Me gusta referirme a Bernardo Lonergan, un jesuíta y teólogo, cuyo primer paso, cuyo punto “de partida” para el proceso de conversión y de hacer teología, fue simplemente “prestar atención”.  Esto es más difícil que lo que parece.

Prestemos atención – individualmente y juntos – al terminar y empezar simultáneamente la peregrinación y la jornada de crecimiento en el ministerio este fin de semana.  Puede que sintamos que algunas veces nos falta un poco el equilibrio; puede que nos duelan los pies; y puede ser que no podamos ver el camino delante de nosotros con la claridad suficiente que nos conviene.  Pero como cristianos habitamos en el mundo de los cambios completos del Evangelio; los últimos serán los primeros, el pobre rico, el impotente lleno de poder, el acongojado lleno de gozo, el ciego viendo, el cojo caminando, Estamos supuestos a vivir con paradoja.

Lo que llamamos el comienzo, con frecuencia es el fin.
Y lograr un fin es comenzar.  El fin es desde donde comenzamos.
No dejaremos de explorar
Y el fin de todas nuestras exploraciones
Será llegar a donde empezamos
Y conocer el lugar por primera vez.


La Misión de Compartir, un Deber que Nace del Corazón
(Por Jairo A. Castrillón. Especial para El Clarín)

Una de las acciones más importantes para cualquier cristiano es la de compartir sin importar lo mucho o poco que pueda tener. Pero más allá de dar en abundancia o con limitaciones, lo importante es hacerlo con alegría, de corazón.
A propósito de este tema ¿sabe usted cómo la Iglesia maneja los recursos que llegan a ella a través de donaciones particulares, limosnas o eventos especiales? ¿Alguna vez se ha preguntado qué clase de programas desarrolla destinados a los más necesitados, o sencillamente al crecimiento espiritual de los fieles?
¿Está enterado de cómo la Iglesia reparte los fondos recaudados en procura de subsanar innumerables urgencias que abrigan a distintos sectores de la población? ¿Conoce los proyectos que se están implementando en su comunidad para beneficio directo de los más necesitados? ¿Están marchando éstos por buen camino, como Jesús espera o acaso se diluyen poco a poco por el tímido esfuerzo de la asamblea católica congregada a diario en los templos?.
Pues bien, para ilustrar un poco a los católicos del área, y sin pretender que este artículo se convierta en un tratado de economía y finanzas, que les parece si se descubren algunos aspectos importantes de cómo trabaja la  Iglesia Católica y cuáles son los retos y dificultades que a diario vive para cumplir su misión.

En Estados Unidos la pobreza es real...
Para muchos la pobreza existe, pero no en un país como los Estados Unidos. Sin embargo, contrario a lo que se piensa, en esta gran nación hay un poco más de 35 millones de personas que no alcanzan los niveles económicos necesarios para satisfacer todas sus necesidades básicas diarias, y existen casi 15 millones que viven en extrema necesidad. Áreas como la salud, la educación y una alimentación adecuada, son desatendidas por falta de recursos, eso sin contar los denominados “gastos extras” que nunca faltan y que destruyen el apretado presupuesto familiar.
Una familia de 4 personas, cuya ganancia anual sea inferior a los 20 mil dólares, clasifica dentro de la línea de pobreza en los Estados Unidos según la Oficina Nacional del Censo. Con una entrada semanal de 384 dólares, algo así como $1621 al mes, el presupuesto obliga a separar unos 800 dólares para el pago de la renta, es decir, casi el 50% del ingreso bruto, según la media nacional. El dinero que resta se debe repartir para los pagos de comida, servicios públicos, seguro del carro o gastos de transporte, ropa, salud, educación etc. lo cual no es suficiente para vivir alejados de las necesidades diarias.
Es cierto que la pobreza en los Estados Unidos no se asemeja a la miseria que afecta a miles de nuestros ciudadanos en Iberoamérica, por ejemplo, pero es una verdad indiscutible que en esta gran nación hay miles de personas que, por distintas circunstancias, también se acuestan con hambre o viven en grandes situaciones de riesgo y de tensión por falta de recursos suficientes. Si este no es su caso bendito sea el Señor, pero no cierre los ojos antes un panorama real y desolador.

La verdad sobre el Diezmo
Una de los grandes errores que se ha dicho con respecto a la limosna, es que la misma debe ser comparada con los diezmos que antiguamente ofrendaba en especias, no en dinero, el pueblo de Israel a los sacerdotes Levitas para su mantenimiento. La obligatoriedad de los diezmos fue únicamente para los Judíos y nunca ha sido una constante para los Cristianos Católicos.

Los diezmos, como originalmente fueron estipulados en el Antiguo Testamento, eran aportados en granos, aceites, animales y otros frutos, que se depositaban en un centro de acopio, pero nunca en dinero como hoy lo exigen las corrientes cristianas que se apoyan en esta medida para nutrirse económicamente. Es más, de acuerdo al mismo concepto, era una obligación cada tres anos repartir los diezmos entre las personas que más lo necesitaran, incluyendo las viudas, los pobres y los extranjeros, entre otros (Deuteronomio 14: 28-29). ¿Existe alguna secta que hoy por hoy haga esto cuando pide el diezmo a sus fieles en el nombre del Cristo? Basta con revisar detalladamente el Evangelio de Jesús y notar como Él nunca exigió el diez por ciento de nada y mucho menos como una obligación impuesta para agradar o recibir el perdón del Padre. Más bien podríamos afirmar que el mensaje del Hijo fue el de donar de acuerdo al llamado del corazón en el nombre del Padre (2 Corintios 9:7), pero fundamentalmente con humildad. De nada sirve entregar si se hace alarde de lo que se da –“no dejes que tu mano izquierda se dé cuenta de lo que hace la derecha”- o sin amor y deseo de ayudar a quien lo pueda necesitar de acuerdo a nuestras verdaderas posibilidades.

Lo importante, cuando se va a donar, es hacerlo sin ideas preconcebidas logradas a través de comentarios tendencioso y mal intencionados como los que siempre ha enfrentado nuestra Iglesia.

Es cuestión de cultura...
Tal vez le sorprenda saber que el mayor soporte económico de la iglesia Católica en los Estados Unidos proviene de la comunidad anglosajona. Son ellos los que depositan sus ofrendas de manera generosa y acorde con su verdadero potencial. Ellos, además, entienden que al final del ano parte de su limosna califica para recibir ciertas deducciones especiales que brinda el IRS en la declaración de impuestos. Lo anterior no necesariamente quiere decir que por eso lo hagan, todo lo contrario. Lo importante es reseñar la manera como se ajustan a un sistema fiscal que patrocina y respalda este tipo de ayudas a los más necesitados.

El latino, por otra parte, pertenece a una “escuela de formación” muy distinta. Tan diferente que va ligada con la pobreza y necesidad que viven a diario muchos familiares o amigos, sin tener en cuenta los altos índices de corrupción que azotan nuestros países. ¿Quién de ustedes no tiene algún pariente o conocido que sea víctima de las injusticias sociales que se dan en nuestras cunas? ¿Acaso decirlo es un atrevimiento o una mentira? ¿No es esa una de las principales razones por las cuales decidimos emprender el camino a esta gran nación?

Mientras el norteamericano nació en la abundancia y con sus necesidades básicas cubiertas como denominador de los países desarrollados, es casi seguro que un porcentaje muy alto de nosotros –los latinos- sabe lo que la ausencia de dinero lastima el estilo de vida que cualquier ser humano merece dignamente. Inclusive nuestros hijos, los que nacieron en este país y han tenido la fortuna de crecer en un ambiente más cómodo, se ven afectados cuando ven de cerca la crudeza de la pobreza al visitar nuestros países.

Las necesidades de la Iglesia... un compromiso de todos.
Todos los sectores religiosos del mundo, cualquiera que sea el fundamento de su fe, basan la salubridad económica en el aporte y participación activa de sus fieles. La Iglesia Católica no es la excepción a esta regla. Por ser una comunidad mayúscula, la Verdadera Casa de Cristo necesita de un capital importante para sobrellevar los gastos internos, así como los miles de programas que se desarrollan alrededor del mundo. Todos los sacerdotes que a diario llevan la Buena Nueva, así como las órdenes religiosas y la rama administrativa en general, subsisten gracias al corazón generoso de su feligresía. Aparte del personal administrativo, también los gastos de mantenimiento tienen unos costos que, no por ser la Casa de Dios, son gratuitos por parte las empresas que los proporcionan. Además, para cumplir su función humanitaria y de caridad la Iglesia, a través de sus parroquias y diócesis regionales, elabora un sin número de programas que se fundamentan en las necesidades físicas y espirituales de la comunidad.

Por citar un ejemplo, la colectividad que atiende la parroquia de San Agustín, en Casselberry, ha generado una cantidad de ministerios que se llevan a cabo gracias al entusiasmo y la caridad de su asamblea.  No son solo bautismos, confirmaciones o matrimonios lo que allí se realiza, también existen organizaciones como el Centro Compartir que gracias al entusiasmo de muchas mujeres de distintas edades, aportan soluciones reales a los residentes que lo necesitan en variadas áreas como la consejería para adolescentes, donaciones materiales y económicas para los más necesitados.

La Coalición para los Desamparados de la Florida Central también existe y es una ayuda real para los desamparados facilitándoles alimentos, vivienda y aprendizaje vocacional. Además, para aumentar su valía, es la facilidad más extensa del área y es la única en aceptar a familias enteras en caso de emergencia en el condado Orange.

Asimismo, la Iglesia estimula el desarrollo de auxilios profesionales que tienen una cobertura adecuada en áreas como la asistencia legal en inmigración, violencia intra-familiar, atención para los discapacitados, sicología, consejería etc. Muchos de estos frentes profesionales se proveen por medio de entidades Católicas sin ningún o a muy bajo costo debido a la cuota que cobran los profesionales encargados de resolver los problemas que se presentan.

Los alimentos que se colectan, y que luego son distribuidos en distintos puntos, llegan gracias a la generosa participación de cientos de familias que preparan comida en sus hogares, o simplemente aportan alimentos enlatados no perecederos una vez al mes. El Ministerio para los Hambrientos, como se le conoce a esta labor, también necesita de muchas manos que ayuden a trasladar los alimentos a su destino final.

El apartado del voluntariado es otro aspecto neurálgico cuando se busca la solidaridad de los fieles. La Iglesia tiene programas destinados para los jóvenes, los matrimonios, los músicos y vocalistas, lectores, enfermos, estudios bíblicos, manejo de finanzas, asistencia espiritual para los enfermos, visita a los hospitales, entre otros, que requieren un compromiso de la sociedad católica del sector en todos los aspectos. Si bien hay algunas personas que no pueden aportar dinero porque sencillamente su presupuesto no alcanza, el tiempo y el compromiso de ayuda son otros ingredientes que las distintas parroquias necesitan con urgencia de su gente. Un poco de tiempo dedicado a las innumerables labores que se llevan a cabo en la Casa del Señor no es pedir mucho para todo lo que recibimos diariamente. ¿O sí?.

De la pasividad a la Gloria...
Existen personas convencidas que ir a Misa los fines de semana y dar un par de pesos son suficiente para estar en gracia con Dios y con su Iglesia, pero bien valdría la pena reevaluar los conceptos y entender que como hijos del Supremo y hermanos de Jesús, la verdadera responsabilidad está en renunciar un poco más a nuestros intereses particulares y brindarnos al prójimo decididamente, con especial énfasis en quien más lo pueda necesitar. La Iglesia nos pide dejar nuestra constante pasiva y activarnos de una vez para el beneficio de todos con el amparo de nuestra fe.

Visitar un enfermo o un recluso; ayudar a los niños desprotegidos y lastimados por el hambre, a las mujeres víctimas del abuso sexual o las familias inundadas de acciones violentas; rehabilitar a los drogadictos, brindar asistencia a los minusválidos o socorrer a lo indocumentados, entre otros muchos problemas, son algunas pequeñas tareas que usted puede asumir para ayudar todo el desorden en el que vivimos mundialmente gracias a las genialidades del ser humano. Cualquiera que sea el aporte, en dinero, especia o tiempo entienda que la Iglesia se lo agradecerá enormemente, pero en especial nuestro Señor Jesucristo quien todo lo dio por nosotros sin esperar nada a cambio. Todo lo que hizo y enseñó fue de corazón, con humildad y sencillez. Sí tan solo estas tres pequeñas cosas existieran diariamente en nuestros corazones cómo sería de distinto el mundo de hoy.
Cuando de verdad quiera compartir algo con la Iglesia hágalo sin dudar que su dinero, alimentos o esfuerzo estarán canalizados siempre en procura de una sociedad mejor para todos y un futuro más alentador para nuestros hijos.

 

 

 

 


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