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¡De  la  muerte  a  la  vida!
Mario J. Paredes

Con el itinerario cuaresmal, los católicos nos aprestamos a celebrar la Pascua cristiana, es decir, nuestra primera y más importante confesión de fe: la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y la nuestra, juntamente con Él (2 Tim 2,11).

Con dicha confesión de fe, los católicos celebramos además:

  • El triunfo de Dios sobre el mal, sobre el odio, sobre el egoísmo, sobre la injusticia, sobre el pecado y la muerte con la que los enemigos de Jesús y su Buena Nueva quisieron silenciarlo.
  • La reivindicación histórica del proyecto de vida de Jesús de Nazaret, de su Buena Noticia, de sus hechos y palabras con los cuales propone a todo hombre un estilo de vida según el cual ésta se gana cuando se pierde. Es decir, que la vida vale la pena de ser vivida si -recibida y aceptada como don de Dios- se gasta en beneficio de los demás, especialmente de los más necesitados del testimonio del amor de Dios (Lc 9,24).
  • Los inicios de la tarea evangelizadora y el nacimiento de la Iglesia.

Pero sobre todo, lo que celebramos cada año en la solemnidad y tiempo de Pascua es la histórica transformación de la vida de unos primeros hombres y mujeres a los que el Crucificado les cambió sus vidas. Por la transformación en hombres “nuevos” (Mt 9,17; Ef 4,24), confiesan que Aquél que colgaron del madero (Hc 10,39) de la cruz es el Viviente, ha resucitado y está en medio de ellos y nosotros, alentando nuestras vidas y nuestra historia personal y comunitaria.

Vida nueva y abundante, nueva creación que es a imagen y semejanza de la vivida y enseñada por el mismo Jesús, según la cual podemos llamar a Dios Padre (Rom 8,15). Y, por tanto, vivir y convivir en el amor con todos como hermanos e ir construyendo de esa manera relaciones, comunidades y un mundo más humano, más solidario, más justo y en paz.

No faltan hoy, como ayer, quienes buscando protagonismos, publicidad o dinero a costa de lo que sea, quisieran borrar a Cristo y su Evangelio del mapa de la humanidad, atacando para ello la fuente de nuestra fe, de nuestra existencia histórica como creyentes y como comunidad eclesial: la certeza de la presencia y vida de Cristo en medio de nosotros.

No pretendo en la brevedad de este artículo adentrarme en largas discusiones o argumentaciones Cristológicas y de Exégesis y Hermenéutica Bíblica. Baste decir que a los católicos nos hace falta formarnos en nuestra fe para que, en una lectura inteligente de la Biblia, sepamos distinguir los datos históricos de las confesiones de fe; confesiones de fe que vehiculadas en formas literarias expresan y se sustentan en aquellos.

La carta, el poema, la canción del enamorado son expresiones literarias (confesiones de fe) que no agotan en sí mismas el dato histórico: la experiencia indescriptible de saberse enamorado. Así, los géneros y figuras literarias con las cuales los primeros creyentes, en su mentalidad y cultura, expresaron la experiencia transformadora de sus vidas (tumba vacía, relatos de apariciones...) no constituyen por sí mismas la prueba del dato histórico (presencia viva y transformadora de Cristo en la vida de los creyentes y de la comunidad); sino vehículos literarios mediante los cuales confiesan la experiencia histórica fundamental inenarrable, inefable: la de saberse hombres y mujeres transformados, “nuevos”. Acompañados de una manera nueva en la nueva empresa de ser y hacer Iglesia por el mismo que crucificaron y que ahora confiesan Viviente, porque les transformó sus vidas.

Por ello, la vida mediocre, tibia, gris, monótona, rutinaria, sin mayores compromisos y llena de cumplimientos rituales de tantos católicos, poco o nada dice de la irrupción tempestuosa del Espíritu (Hc 2,2ss) del Crucificado como Viviente y Resucitado en medio de la Iglesia y del Mundo.

Mientras que, al correr de los siglos, la mejor prueba de la vida de Cristo en medio de nosotros son las vidas viejas (2 cor 5,17; Rom 5,4) que -en el encuentro con Cristo, por Él y en Él- se tornan nuevas, constructoras de la soberanía de la Voluntad de Dios en el mundo.

Pascua es vocablo hebreo que significa “paso”. Nos corresponde hoy preguntarnos si hemos pasado de la muerte a la vida y ello se prueba, según San Juan, si nos amamos, con obras, los unos a los otros. (1 Jn 3,14). ¡Por los frutos nos conocerán!

 

 

 

 

 

 

 


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