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¿En qué consiste el exorcismo?    
Por el P. Fernando Gil

En las Sagradas Escrituras, exactamente en el Nuevo Testamento, se hace referencia al demonio 511 veces. Eso quiere decir que es una realidad, no simplemente un simbolismo. De lo contrario, la Biblia no lo incluiría tantas veces. La Palabra de Dios lo llama Príncipe de este mundo, Padre de la mentira y Adversario (Juan 12:31).Además, Jesucristo, cuando hace exorcismos, particularmente en el evangelio de San Marcos, lo trata como una persona: “Espíritu malo, sal de este hombre” (Marcos 5:8).

El Papa Pablo VI enseñando sobre la realidad del demonio, afirmaba que “el mal no sólo es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y perverso. Terrible realidad, misteriosa, pavorosa. Quien rehúsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica” (Catequesis sobre el Demonio, noviembre 15, 1972).

En su lucha contra el ser humano, su adversario el diablo, usa distintos métodos que conviene distinguir. El demonio puede atacarnos, en primer lugar, a través de la tentación. No todo pecado se debe directamente a la acción de Satanás, pero sí hay tentaciones que proceden directamente del demonio. En su libro, Nuestro Adversario El Diablo,” Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo dice que las tentaciones demoníacas pueden conocerse por su astucia, por su fuerza e insistencia y por la manera repentina y violenta con que generalmente se presentan.

En segundo lugar, tenemos la opresión demoníaca. Por opresión se entiende la influencia del demonio sobre un área de la persona. Algunos comparan esta clase de opresión con la invasión de un ejército que logra llegar sólo a una parte de la ciudad. En tercer lugar tenemos la posesión diabólica. Esta última es la forma más grave de actividad demoníaca, la cual permite una presencia continua del demonio en el cuerpo de un ser humano. La posesión implica la suspensión temporal de las capacidades mentales, intelectuales, afectivas y volitivas de una persona. Los criterios que el Nuevo Ritual de Exorcismos (aprobado por el Vaticano en 1999) establece, son los siguientes: a) aversión vehemente hacia Dios, la Virgen, los Santos, la cruz y las imágenes sagradas; b) junto con ésta pueden darse otros fenómenos que por sí solos podrían ser don de Dios pero en el caso de posesión se manifiestan para el mal; c) el hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas; d) llegar a conocer cosas distantes o escondidas, o los pensamientos de otros; e) despliegue de fuerza sobrenatural.

El principal remedio contra la posesión es el exorcismo. El exorcismo tiene como fundamento la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos. La doctrina Católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa de sus pecados, que son seres espirituales de gran inteligencia y poder que buscan alejarnos de Dios. En la Iglesia Católica el exorcismo formal solamente puede ser efectuado por aquellos sacerdotes que estén debidamente autorizados por el Obispo. El exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hacen los sacerdotes, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás, demonio. Por lo tanto, no es oración personal sino de la Iglesia.

El Catecismo de la Iglesia, en su número #1673, nos dice: "Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (Marcos 1:25 ss), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar". Los exorcismos pueden ser simples o solemnes. El exorcismo simple se reza en el rito del bautismo, cuando el sacerdote o el diácono bautizante ordena a Satanás, espíritu del mal, alejarse para siempre del que va a ser bautizado. El exorcismo solemne es un sacramental que sólo puede ser válidamente celebrado por un sacerdote con el permiso del obispo del lugar. Así lo quiso Jesús, quien impartió su poder liberador a sus discípulos para que ellos y sus sucesores continuaran la misión de liberación y exorcismo en su nombre. Por lo tanto, el protagonista en el exorcismo es Dios a través de su ministro y no el demonio. Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada les podrá hacer daño” (Lucas 10,18-19).

Fundamentándose en este mandato bíblico, el obispo da permiso al sacerdote para cada caso o puede, con el permiso de la Santa Sede, formalmente otorgar a un sacerdote el oficio de exorcista. En ese caso el sacerdote está facultado para exorcizar y no necesita un permiso particular para cada caso. Sólo el exorcista con la debida licencia puede verificar la verdadera posesión diabólica. Es un proceso difícil en el que se deben descartar causas naturales. 

El Padre Giancarlo Gramolazzo, exorcista italiano, afirma que “actualmente muchos viven una fe supersticiosa o de superstición y muchos tienden a no hacerse responsables, no saben afrontar el sufrimiento y atribuyen todo trastorno físico o espiritual a la acción del demonio. Pero frecuentemente el remedio es una verdadera y sincera confesión. Cuando en cambio se percibe aversión a lo sagrado, enfermedades desconocidas o incluso síntomas difíciles de identificar, es posible que sea necesario el exorcismo. La presencia demoníaca de cualquier forma hay que diagnosticarla en cada caso. En cambio, debería haber más dedicación a la ascesis, a la oración, a la penitencia. La mentalidad popular ha exagerado los poderes de Satanás, que son los de un ángel común.” Santa María, Madre de Dios, líbranos de las acechanzas del demonio. San Miguel Arcángel, ora por nosotros. Amén.


Familia actual vs.  Familia católica
Adriana Díaz

“La familia es el núcleo de la sociedad”, frase que hemos escuchado desde nuestra niñez y cuyo contenido constituye una verdad fundamental que lamentablemente pierde valor con la evolución del mundo y el género humano.

De manera general podríamos definir a la familia actual como un conjunto de personas que se constituye de manera precipitada, sin un vínculo matrimonial. En ella existen serios problemas de comunicación entre padres e hijos por “culpa” del tiempo; se nota una ausencia marcada de Dios y los fundamentos de fe. Gran parte de las actuales familias son reducidas a una fachada conformada por individuos carentes de afecto en los que predomina el materialismo y la soledad. En resumen, la familia actual es presa de un mundo que la devora cruel y silenciosamente, sin que muchos lo noten y hagan algo por rescatarla.

Sólo basta con acercarnos al modelo de familia católica que trata de seguir las huellas de la Sagrada Familia, para reconocer las diferencias que hay entre ésta y la actual. La familia católica se siente llamada a vivir el amor dentro y fuera de sí. Por tal razón, únicamente en este ambiente de caridad y fraternidad se educan hombres y mujeres equilibrados física, moral y espiritualmente. En las familias católicas se brindan espacios de encuentro, diálogo, oración, ayuda mutua y crecimiento en todos los aspectos de la vida.

La verdadera familia cristiana no sucumbe ante las dificultades y, por el contrario, vive la unidad especialmente en los momentos de prueba. La familia católica recibe diversidad de misiones entre las que se destacan ser comunidad afectiva de personas, santuario de vida, promotora del desarrollo humano e iglesia doméstica. Pero entre todas éstas, una de sus principales es la del servicio. Sus miembros comparten lo que han recibido de Dios, al ofrecer su tiempo y talento a la edificación de la comunidad cristiana a la cual pertenecen.

En la Diócesis de Orlando contamos con muchas familias que sirven a sus respectivas parroquias. Basta con observar cuántas de ellas sirven en el altar y en los diferentes ministerios de la comunidad.

La familia Jaen Morales está conformada por 4 miembros que pertenecen a la Parroquia el Buen Pastor de Orlando. Allí hacen vivo el compromiso que como cristianos han adquirido con su comunidad. Reconocen que antes de comenzar a servir como ministros de la Eucaristía y sus hijos como monaguillos, no se sentían tan unidos a su parroquia. Después de aceptar la invitación que les hizo el Padre Brian Sheridan, párroco El Buen Pastor, sienten que su experiencia de fe se torna cada vez más fuerte. Los esposos se han unido como pareja y los hijos valoran cada vez más el regalo de la familia.

Ellos quieren convertirse en testimonio para que otras familias escuchen el llamado que Dios y la Iglesia les hacen para aportar su granito de arena a la construcción de la comunidad de fieles. Y aunque sólo un miembro de la familia responda, ya eso será suficiente para que los demás se interesen en seguir el ejemplo.


Sólo siendo humildes, nuestros talentos darán frutos abundantes
Armando Figueroa

Dios ha dotado a sus hijos de muchos talentos para que los pongamos a nuestro servicio y al servicio de los demás. Con su talento un músico, un pintor, un artesano o un arquitecto, provee el sustento para él y su familia. En éste caso hemos usado los talentos para nuestro servicio.

Existen muchas maneras de ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás. Dios nos llama para que pongamos esos talentos –que son dones que Él mismo nos ha dado- al servicio de los demás a través de su Iglesia.

Muchos feligreses concientes de su misión como bautizados se han lanzado al servicio de la Iglesia a través de sus ministerios, y utilizando los talentos que Dios les regaló se encuentran realizando una gran labor en ésta. Un ejemplo de esto son los catequistas, músicos, cantantes, proclamadores de la Palabra y muchos otros talentos que han servido para la buena marcha de nuestras parroquias.

Qué hermoso es ver a tantos laicos trabajando mano a mano con nuestros sacerdotes, cooperando con la Iglesia a extender el Reino de Dios en la Tierra. Qué hermoso es ver a tantos laicos evangelizando fuera de las paredes del templo a través de los movimientos de apostolado seglar. Muchos hombres, mujeres y jóvenes han puesto sus talentos a trabajar, pero hay otros que simplemente han enterrado los suyos.

¿Por qué tantas personas esconden sus talentos? Si analizamos esta pregunta podemos ver que existen varias razones: (1) falta de fe en Dios (2) falta de fe en sí mismo y (3) falsa humildad.

La falta de fe en Dios nos convierte en seres que van por la vida sin un verdadero ideal que le de sentido a su existencia; además convierte al hombre en un ser incapaz de descubrir todo lo bello y hermoso que Él ha puesto en nosotros. Esto nos lleva a perder la fe y la confianza en nosotros mismos lo que sin duda nos convertirá en unos inútiles.

Una falsa humildad también nos lleva a esconder los talentos porque puede crearnos un complejo de inferioridad, condición muy nociva que nos hace pensar que no somos nada y entonces no llevamos nada a cabo.

Por estas y otras razones, muchas personas que asisten a nuestras parroquias no han puesto la mano en el arado. Muchas veces escuchamos que necesitamos personas para el coro y para ser proclamadores, entre muchos otros ministerios, pero no nos atrevemos a comprometernos por tener un concepto falso de la humildad. Recordemos que no todos sirven para todo, pero todos servimos para algo.

No es bueno tener una falsa humildad pero sí tenemos y debemos ser verdaderamente humildes, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Sin humildad, nuestras virtudes dejan de serlo, pues la humildad es el cimiento de todas las virtudes.

El mayor enemigo del amor es el egoísmo, éste nos encierra en nuestro propio yo y no nos deja ver nada a nuestro alrededor; por eso se dice que la humildad es plenitud en el amor. San Agustín dijo: “La humildad es el peso sobreabundante del amor.”

Todos debemos ser humildes, pero si llegamos a ocupar algún cargo de liderazgo dentro de los ministerios o movimientos de la Iglesia debemos ser doblemente humildes, porque cuando Dios nos llama a ser líderes lo hace porque quiere que esos dones especiales aporten a Su labor evangelizadora.

Dios tiene sus planes, Él se vale de los humildes para sus obras más grandes. En un cargo de liderazgo no podemos ser soberbios ni autosuficientes. No estamos haciendo el trabajo de Dios para nosotros, si no para Él. Entonces debemos estar preparados para trabajar sin esperar  reconocimientos, sin esperar aplausos y sin  esperar que nos den las gracias. No debemos esperar recompensas en la Tierra para poder acumular tesoros en el cielo.

Sigamos el ejemplo de María: “Porque ha visto la humildad de su esclava, ha hecho grandes cosas en mi.” (Lc. 1, 48,49) Cristo quiere que todos seamos santos y para esto existe un camino a seguir que se llama humildad.

 

 

 

 


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